Desde niño me vi enamorado por aquel vehículo de dos ruedas, impulsado por el mismo conductor que hasta ese momento, no se como podía mantener el equilibro, no se como no se caía como yo al intentar subirme a ella. Los esfuerzos de mi madre por mantenerme arriba de la bici parecían no tener fruto, hasta que lo logré, avancé unos metros y volví a caer, pero los avancé solito, una pequeña gran victoria para mí. Díganme si no es una experiencia maravillosa lograr manejar una bicicleta, es quizás uno de los momentos de libertad que muchos deben atesorar, el saber que puedes subirte a una bici e ir a donde tu quieras, disfrutar de la ruta y de lo que puedes ir viendo en el camino no tiene precio.
Asi fuí creciendo, por un tiempo sin bici y retomándola en otros periodos de mi vida, pero siempre disfrutando de ella, de los momentos que compartes con otras persona o de los trayectos en soledad. Esperamos algún tiempo libre o los fines de semana para salir a la calle, a rodar, a veces sin rumbo, solo para despejar la mente, para sentir ese dolor placentero en las piernas, para conquistar pendientes, para ver el cielo y las nubes, disfrutar del descenso, llegar a tu destino y sentarte a descansar, a sentir tu corazón latir y el aire llenar tus pulomnes, sentirte vivo en pocas palabras.
Podríamos decir que andar en bici es como la vida misma, con sus pendientes y descensos, con sus caídas y heridas, de las cuales te recuperas, vuelves al camino con cicatrices y aprendizajes, vuelves siendo otro, creciendo, sumando kilómetros, listo para nuevos retos, listo para avanzar, para seguir y seguir hasta que te quede aliento.
Y para despedirme solo queda decir #salapedalear
Mirkosoft
